28 noviembre 2013

Dime cariño...





Dime cariño…
Quedamos como cada Viernes desde hacía ya un año. Nos sentamos en el sofá del salón. Su mirada estaba perdida, como era costumbre, fui a la cocina y preparé café. Acompañamos el café con la habitual conversación: el trabajo, los niños, los amigos, un repaso a nuestras vidas por separado de semana en semana.
Le pedí que me mirase, le costaba hacerlo -decía que le ponía nervioso mirarme-. Mis manos se entrelazaron con la suyas y apto seguido fueron nuestras bocas las que se encontraron. Nuestros primeros besos siempre eran tiernos, sensuales y jugosos, el preámbulo perfecto antes de la lluvia pasional a la que me tenía acostumbrada.
Efectivamente, a los pocos minutos, aceleramos el ritmo de los besos, las manos se perdían entre la ropa, desabroché su pantalón para palpar su miembro ya erecto y endurecido mientras él andaba entretenido paseando por mi cuello rumbo a mis pechos. La excitación por parte de ambos era evidente, mi sexo se había humedecido y el recorrido de sus manos por mi cuerpo me arrancaba gemidos y ansias de más.
Tumbada boca arriba en el sofá y él frente a mí paramos un momento para recrearnos el uno en el otro, en sus ojos veía sus ganas y su entrepierna me lo demostraba. Allí  estábamos ya desnudos y nuestros cuerpos preparados para continuar con el juego que nos llevaría al tan deseado desenlace pero entonces el móvil sonó.
Era el suyo, lo tenía justo al lado, en la mesilla de centro donde había puesto el café, desde su posición lo miró de reojo y dijo:
-         Tengo que contestar…es ella.
Se incorporó y atendió la llamada:
-         Dime cariño… Ajá… Estoy en el gym, aún tengo para un rato… Si…Si… Claro. Como tú quieras…
Me aburría esperándole pero verle allí de pie con aquella enorme erección y su espléndido cuerpo marcado todo apretado y dorado mientras hablaba era toda una provocación para cualquier sentido. Yo desnuda frente a él y el “paisaje” me incitaba a la gula y por otro lado la situación era, bueno era “inusual”, pero no pude resistirme y me arrodillé a su lado. La protuberancia de su miembro me dio hambre, mucha hambre, así que decidí saciar mi apetito.
Tanto la visión como el contacto de tan notable miembro despertaban en mi pecho el calido cosquilleo de sensaciones lascivas que incitaban al juego, a mi juego. Él no opuso resistencia, todo lo contrario, la “estampa” debía de ponerle aún más y entre mis manos podía sentirlo, porque aquello seguía creciendo. Le tenía cogido con una mano y con la otra le palpaba, podía sentir el tremendo calor de esa parte de su cuerpo, le miré y él me dio permiso con su mirada. Presioné su miembro con la suave caricia de mi mano, mientras contemplaba la cara de él, la recorrí con mi lengua dando largos lenguetazos antes de introducirla en mi boca comenzando una felación sensual, dulce, lenta, parándome en cada centímetro, mojándole con mi saliva para jugar con ella a mi antojo, entretanto, aquello engordaba y crecía todavía más. Sin apenas darme cuenta caí en un éxtasis de adoración, lamiendo y relamiendo las brincadas venas, recorriéndole por completo como si quisiera hacer con mis labios un molde para después recordarlo.

Yo seguía comiendo de aquel manjar dispuesto para mi y de fondo le oía hablar, o mas bien asentir a las preguntas-casi interrogatorio que venía del otro lado del teléfono.
Sus movimientos embestían mi boca dejándome sin salida, sin aire y mis dedos circulaban por mi clítoris buscando encontrar mi propio placer. Le podía oír tragar saliva y apretar sus nalgas, la excitación era inmensa, con la mano que tenía libre buscaba mis pechos y mis nalgas apretándolas provocándome intensos gemidos que me callaba. Guié su mano hasta mi sexo y el flujo me había mojado toda, cogí un poco con sus dedos y lo chupé delante suya, después los acerqué a su boca y sin dificultarle el habla mojé sus labios. Él me miró y me lanzó al sofá, me tapó la boca y dijo casi susurrando:
-         Ni se te ocurra gritar, cielo.
Conforme pronunciaba aquellas palabras introdujo su pene en mi vagina y comenzaron las acometidas. En un momento dado los movimientos se hicieron más agitados, eran duras, fuertes e intensas las embestidas, mi vientre se contraía al ritmo que él me marcaba, mis manos buscaban la forma de atrapar mis senos para apretarlos y sentir su dureza, me arqueaba buscando dejarle más espacio para entrar aún más y mordía mis labios para que no se escapasen mis gritos de placer.
Sin soltar el teléfono allí estábamos follándonos, su cara era todo un poema, su excitación era casi indescriptible, nunca le había visto así, las penetraciones eran profundas y salvajes, entonces bruscamente colgó, soltó el móvil en la mesa y entró tan adentro de mí que me sacó el espasmo antecesor a mi orgasmo seguido del suyo, largo, profundo, abundante y con un gruñido de desahogo que se me quedó marcado.
Lo siguiente que recuerdo fue que se acercó al móvil lo miró y dijo:
- Cariño, esto no se habrá quedado encendido?...

Autor: La Dama de las Tentaciones.

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